SOBRAS DE HOY

Por Lucho Broz—-

I

Durante este mes de julio otra ola de artesanía terrorista dejó un tendal de víctimas civiles en Europa. Sólo días separaron a los atentados de Niza y Alemania. Daesh se atribuyó ambas acciones. Dijo al mundo que eran soldados suyos los que habían llevado el terror a occidente. En los dos casos, un solo hombre atacó a transeúntes anónimos y se cargó decenas de vidas antes de ser inevitablemente abatido. Como respuesta a los hechos de Niza, el premier francés anunció más bombas en Siria. Todos los días, en aquellos territorios del Oriente cercano, caen del cielo explosivos por toneladas y miles de civiles son muertos. Una masacre con pericia profesional, de escalas que superan por muchísimo la artesanalidad desesperada de Daesh y sus asesinatos absurdos en Europa.

Daesh es una burguesía petrolera que se trasviste con atuendos del Islam medieval, se proclama continuadora de un imperio extinto hace siglos, toma posesión de los pozos de oro negro, apropia circuitos comerciales estratégicos y da rienda suelta a sus negocios tradicionales en un territorio arrebatado a la jurisdicción siria e iraquí, libre de controles, trabas y gravámenes. Ese escenario de lucrativa ilegalidad lo sostiene con la fuerza de sus milicias privadas. Los soldados de Alá andan en Toyota 4X4, portan armamento y tecnología cero kilómetro y el Califa tiene Twitter. Liturgia arcaica para legitimar un capitalismo terrorista de lo más moderno. Claro está que la explotación del sentimiento antioccidental despertado por los crímenes permanentes de Europa y Estados Unidos en aquellas tierras, puede convertir la ficción religiosa en último refugio para sectores de una población azotada por las bombas y la miseria. Suplantar la agónica muerte de hambre por una muerte en combate sirviendo en las milicias de Dios, para luego acceder a un paraíso de goce eterno en el más allá, se vuelve una opción atractiva. Daesh recluta con dinero y con el Corán. Una masa trabajadora de la que se ha decidido prescindir acaba enrolada o huyendo de él y de las intervenciones militares de los aliados atlántico-mediterráneos, vagando por el desierto para migrar a Europa, el lugar donde despegan los bombarderos de los que buscan salvarse. La religión la educa para morir en las guerras sin fin de Oriente o en las fronteras militarizadas de Occidente. El Capital mundial se libra así de una porción de la clase obrera sobrante. El excedente en circulación no cuenta con darle de comer en sus países de origen y la guerra sagrada le ofrece una muerte de prestigio. Una forma de continuar la vida en celestiales parajes que ya no olerán a pólvora, ni sangre, no sabrán de sed, ni de hambre. Y otra porción de la gente que está de más en el sistema sirve a las tropas que asaltan Oriente, ya que los marines de hoy son de todo, excepto norteamericanos. Por cada oficial autóctono en el presunto ejército de Estados Unidos hay decenas de inmigrantes, hombres de todas las latitudes del mundo, a quienes el capitalismo contemporáneo no reserva ni el más marginal de los empleos. Los reclutan contratistas militares privados para formar una tropa terciarizada que compone el grueso del ejército yanki operativo en el exterior. La opción de estos residuos sociales devenidos mercenarios es cobrar un sueldo hasta encontrar la muerte en la guerra. El trabajo de los que sobran.

La multipolaridad no existe, por mucho que les duela a quienes buscan consuelo en la cosmética internacional de Rusia (cuyo gobierno, hay que recordar, aún integran los desmanteladotes de la Unión Soviética). Vivimos una no polaridad donde el capitalismo hace rato que es una unidad mundial y los Estados Nacionales son la forma en que se realizan las tareas específicas que la red multinacional asigna. El imperialismo de nuestro tiempo es el Capital sin nacionalidad. La nacionalidad de cada patria en el mundo fue configurada con arreglo a una etapa de desarrollo económico hoy superada, y es cada vez más una reliquia emotiva conservada en el lamento de nuestros martínfierristas 2.0. Esto no significa que en los entretelones del universo se reúna un gabinete de genios malignos, dominadores el mundo, pero sí una interdependencia, un matrimonio entre los nodos de concentración de guita internacional, mutuamente complementarios, por mucho amor/odio que se dispensen, y esas liñitas punteadas en los amarillentos mapas de museo, que alguna vez conocimos como fronteras nacionales, subliman de sólido a gaseoso.

No hay China sin Estados Unidos. Viceversa.

II

En Argentina, el saturante balbuceo presidencial sobre las inversiones que la Patria debe esperar vestida para la ocasión, lo cual implica miles de despidos, tarifas intergalácticas, sablazo al gasto social, paritarias vergonzantes que no corren ni de lejos a la inflación, es falopa de la mala. Pantalla poco presentable para transferir riqueza, es decir saquear el bolsillo de la inmensa mayoría de la población y repartir entre socios y amigos. Para muestra, el amigo Aranguren, ministro de Energía y Minería explicó que las empresas productoras empezaron a cobrar más caro el gas. Ordenó el tarifazo porque debe pagarse lo que vale. La boleta nos vino monstruosa. La producción de gas depende de las petroleras. Una las principales es Shell. Uno de los accionistas de Shell es Aranguren. Y todos nosotros le pagamos el aumento del valor de sus acciones al ministro tarifazo.

Argentina no necesita ni espera inversiones. No produce nada serio, nada que mida en el mercado mundial, que no salga de la agroindustria. Y allí hace mucho rato que el Capital internacional ya invierte y desarrolla a escala absolutamente moderna la producción. Por supuesto que eso no le pertenece a la Patria, es propiedad privada trasnacionalizada, un tentáculo del pulpo planetario. Si el empleo que genera no es suficiente para la plebe autóctona, ya no es problema del Capital, por eso, a pesar de que podamos tener trabajo, nosotros somos clase obrera tan sobrante como la que se extermina en los países de Oriente, aunque los países de Oriente no te suenen ni de nombre. La producción de mercancías que no sean necesarias en la circulación por la red del mercado externo es obsoleta para el mundo, y quienes las producen también lo son. Los que trabajamos de eso que no tiene nada que ver con la soja y sus derivados, sus servicios, la red bancario-financiera y alguna que otra sede local de firmas mulnacionales for export, somos una fuerza de la que puede prescindirse. Por ello recibimos remuneraciones que no alcanzan para nuestra propia reproducción. Nuestro único papel en este teatro de operaciones suprafronterizo es vagar en el desierto de una existencia miserable, inquilina, negreada, entretenida con bijouterie, que sólo sirve para tirar hacia abajo el costo de los salarios. Somos el ejemplo de lo mal que se puede cobrar para que se disciplinen y se sometan los laburantes vinculados a la extranjerizada producción de exportación primaria. Nuestros vergonzosos acuerdos paritarios inspiran a esos trabajadores a comérsela doblada porque todavía tienen un sueldo algo mejor. Si rompen mucho las pelotas pueden venir a hacernos compañía en esta inexistencia y dormir bajo los puentes de las autopistas internacionales por donde circula la posta del mundo.

El modelo de masiva clase obrera sobrante existe, por lo menos, desde la llegada de la dictadura neoliberal, con o sin kirchnerismo, no perdió vigencia jamás. No es una originalidad argentina. No voy a insistir en esto.

Ante dicha situación hay dos opciones. Si no tenés muchos recursos, vos podés estudiar en una universidad pública, centros educativos que le ahorran al Capital privado pagar los costos de formación de sus futuros empleados calificados, graduarte, salir a golpear puertas de los cuarteles de las multinacionales, suplicarles ser su empleado, superar tests laborales nazis que te hacen ordenar cuadraditos de papel glacé, primero el color que te guste más y los siguientes en orden decreciente, para evaluar tu psiquis (el rojo y el negro dejalos siempre para el final, al principio mandá el verde clarito, el amarillo y todo los colores identitarios del neoliberalismo), quedar contratado y dedicar toda tu vida, tu cuerpo y tu intelecto al proyecto económico de gente multimillonaria que nunca vas a conocer. Esta es la forma de migración a un primer mundo que ya no se localiza en un país determinado sino dentro de ciertas empresas. La otra opción es enrolarte en el Daesh de tu barrio, o sea, laburar en algún comercio, en una pyme o en una hamburguesería de firma trasnacional pero distribuída en franquicias negreras locales.

III

Porque había una idea de que los subsidios eran para los morochos, para la gente pobre, para los villeros, para los negros, para los cabezas como decían antes despectivamente. Y no, los subsidios eran para toda la economía, eran para las pequeñas y medianas industrias y también para las grandes”, acaba de decir la Jefa, mientras retacea su jefatura a los desorientados que todavía la esperan. Imposible mayor claridad, todo lo que yo agregue va a ser redundante, pero allá voy. Los subsidios del gobierno kirchnerista no eran para los villeros, eran para los empresarios.

Por otra parte, hace algunos días, circulaba a través de las redes el quejido de cierto pasquín reaccionario. En él se mencionaban las virtudes y desconciertos de un héroe mitológico al que llamaba Capitalismo, enfrentado en una batalla por la civilización, el orden y el progreso, con el cíclope alcohólico y antropófago que el mundo conoció como Populismo. Capitalismo versus populismo es la contienda que la derecha más trasnochada y cavernícola se desvive por instalar, a fin de que todo quede dentro de los márgenes deseados. Un enfrentamiento a muerte entre dos variables del mismo sistema con el objetivo de enrolar los humores sociales en falsos antagonismos y, así triunfe uno u otro bando, el sistema resulte siempre victorioso.

Por ejemplo, en las mencionadas líneas propagandísticas tradicionales se mencionaba el caso del IAPI para graficar todo el mal que el populismo es capaz de engendrar. Este organismo público llegó a pagar por el trigo que le compraba a los oligarcas sólo un 33% del valor al que luego lo vendía en el mercado externo. Lo que no dice la reacción es que cuando los precios primarios se desmoronaron en el exterior, aún durante el peronismo clásico, el IAPI pagó a los capitalistas del agro un precio mayor al valor internacional. Básicamente, el Estado subsidió entonces a la oligarquía.

Esta es la oferta nacanpop, viable sólo cuando las commodities cotizan mucho. El fisco públicio depende de lo único que se produce en el país para competir seriamente en el mercado externo, es decir que recibe una porción del Capital mundial. Si la soja y su familia vuelan en valor, el Estado retiene un porcentaje y fragmenta esa porción de torta en migas que no reparte entre la población que al Capital no le intresa alimentar, sino entre pequeños capitales incompetentes, incapaces de ingresar al circuito internacional con algo de peso. Así florecen las PYMES y no tan PYMES que serán el refugio de los trabajadores sobrantes en el esquema transnacional. Estos Daesh locales, capitalistas minúsculos que no tienen razón de ser en el capitalismo actual, descargan su falta de competitividad negreando el doble a sus empleados, y pagan a través de la sobreexplotación humana su entrada en un sistema que los excita, pero que los rechaza. A fuerza de acaparar subsidios y largar salarios infrahumanos, reducen los costos de producción y pueden vender barato para subsistir como clase.

La idea es generar masivamente empleo que, aunque indigno, permita a los sobrantes poseer una mínima capacidad de consumo y puedan comprar lo que ellos mismos producen en esos antros de explotación parasitaria.

Un círculo vicioso interno que se desmorona cuando se contraen los humores del mercado exterior y se corta el chorro de recursos redistribuibles.

Por supuesto que en tiempos de contracción internacional, la prioridad continúa siendo la ganancia de las multinacionales y, a fin de sostener los dividendos que estas reclaman, la clase obrera sobrante, eterna variable del ajuste, recibe de lleno el sablazo económico.

El Estado abandona la financiación del Capital fragmentario, pequeño, y las industrias no competitivas se ahogan. Mas en su agonía despiden, recortan salario, aumentan sustancialmente la precarización, se retorna al orden de cosas anterior al proceso redistributivo. Todos los sectores se vuelven feroces contra los sobrantes que, en cualquiera de los casos, salen perdiendo. Porque ese es nuestro lugar en este juego, perder.

Así puestas las cosas no tienen solución. Según dispongan las fuerzas del Capital privado internacional, nos tocará liberalización y desempleo o nacanpopismo y precarización. Esa es la falsa antinomia tras la cual se eclipsa la superación posible. Si lo actual es un infierno, lo anterior fue el paraíso, dirán los emocionalistas. Y, como vimos, fue el auge nacanpopista lo que permitió la recomposición de la gobernabilidad y las plenas atribuciones estatales para financiar, según palabras de la Jefa, no a los villeros sino a los empresarios, chicos, medianos y grandes, a la espera de que esos financiados prohombres de bien abran un lugar en su corazón, y un puesto de trabajo en sus empresas, para albergar a la negrada.

Empresarios como los que hoy gobiernan.

La contradicción principal de todo lo expuesto es que el capitalismo internacional reproduce un costosísimo e innecesario sujeto: la burguesía. La salida es la eliminación de ese sujeto parasitario mediante la centralización absoluta del Capital bajo gestión estatal. De ser así, hablaríamos de un proceso reformista profundo donde el Estado podrá contar, ya no con variables porcentajes de retenciones a las ganancias extraordinarias, sino con el total de la riqueza que el sector internacionalmente competitivo genera. Pasaría a organizar la producción y a usufructuar plenamente su inserción en el mercado, con los recursos necesarios para desarrollar al máximo posible las fuerzas productivas, cosa que el Capital privado no puede hacer porque requiere desviar ingentes sumas a su obsoleta reproducción social. Claro que cortar y apropiarse de un tentáculo del pulpo planetario despertaría la reacción retardataria de quienes necesitan fugar riqueza al agujero negro de las ganancias privadas. No hay que aguardar la llegada de inversiones, caídas como frutos maduros del bosque. El Capital ya está aquí, hay que tomarlo. El empleo digno, productivo y con salario acorde a las condiciones normales de reproducción de la clase trabajadora, depende de eso.

En 2011 sólo la mitad de las exportaciones argentinas representaron 37.883 millones de dólares, apropiados por 25 empresas multinacionales. Una suma equivalente a tres veces el pago que recibieron los fondos buitre fue a parar a manos del Capital mundial, durante el transcurso de apenas un año, cuando todavía faltaba bastante para la gestión PRO. Así, no es de extrañar la alineación colaboracionista del PJ ante el pacto con la rapiña usuraria en el Congreso. Luego, la quita de retenciones ejecutada por el gobierno macrista profundizó esta tendencia.

Aquí puede situarse la base de la discusión. De tanto evitar lo obvio, acabamos olvidando lo necesario. Un proyecto al cual consagrar la lucha debe incluir la apropiación social de estas riquezas. Quien decida prescindir de ellas y entregarlas a magnates sin rostro ni nacionalidad, no quiere gobernar. Camino de décadas que cuanto más largo, tanto mayor es la urgencia de emprenderlo. O bien podemos esperar que las luces de jefaturas infalibles inunden la caverna y nos guíen a dar la vida por Alá.

Sobras de hoy, más de lo mismo en un mundo peor.

Revista comunista de análisis y debate