El caballo de Troya del Home Office: el nuevo golpe a las organizaciones sindicales

Por Fabricio Colandrea

Durante el shock que fue para nuestras vidas la pandemia de Covid-19 y las medidas de aislamiento que la acompañaron, muchos trabajadores vieron el nacimiento de una nueva forma de organización laboral, popularmente llamada con el anglicismo “home office”, en la que se aplican masivamente mecanismos telemáticos domiciliarios.
Aquellos trabajadores que no requieren de una relación directa con una maquinaria o de un espacio físico para realizar su tarea vieron como su trabajo fue reorganizado bajo este mecanismo, se encuentran en  una etapa de cambios sobre la que tienen poco (o nulo) control  encontrándose, mediante la aplicación masiva de nuevas tecnologías, frente a una modificación de las relaciones laborales y sociales drásticas como no se veía desde los albores del siglo XIX.

Una de las más graves consecuencias del “home office” es la perdida de contacto directo y cotidiano entre los trabajadores, cercenando los vínculos afectivos que nacen de compartir experiencias comunes y jornadas laborales juntos. Esta es la base de cualquier organización gremial: los trabajadores tienen que conocerse entre sí, entenderse como pares con los mismos intereses, que son afectados por los mismos problemas y, por lo tanto, solo pueden conseguir una respuesta mediante la acción colectiva.

El referente de base no tiene poderes mágicos de organización, solamente tiene la claridad político-ideológica necesaria y se encuentra inserto en el lugar del trabajo para poder debatir política con sus compañeros, problematizar las situaciones, armar los vínculos necesarios y coordinar la organización correspondiente.

Al haberse detonado la existencia de un lugar de trabajo, los referentes de base pierden el oído de sus compañeros. Todo su bagaje político ideológico no tiene receptor y los convierte en teóricos estériles. Cualquiera que haya militado los últimos dos años sabe que mil mensajes de WhatsApp no se comparan con un comentario bien puesto en la oficina o un cruce en el momento exacto al jefe molesto.

De esta forma el home office, como esta aplicado en la actualidad, viene a instaurar una nueva relación de trabajo. Desaparecen los vínculos entre compañeros, dejando solamente vínculos individuales y asimétricos entre el trabajador y quien le asigna la tarea que debe llevar adelante. Una descentralización laboral que es, a su vez, una desorganización política.

A lo sumo, en organizaciones gigantes con estructuras bizantinas, se fuerzan ciertas actividades comunes por redes sociales, más que nada quimeras nacidas de cargos jerárquicos relacionados con el manejo de personal que ven como su función se va diluyendo y temen ser comidos por el Leviatán de la “modernización”.

Esta situación pone en jaque la reproducción y sostenimiento en el tiempo de las organizaciones sindicales. Los referentes se encuentran aislados sin poder organizar a sus compañeros, quienes en muchos casos se convierten en desconocidos entre ellos. ¿Quiénes estarán encabezando estas organizaciones dentro de 10 o 20 años si se mantiene esta situación? Y ¿qué nivel de representatividad mantendrán para poder llevar adelante un plan de lucha que movilice a la totalidad de sus representados?

Nace con esta nueva metodología de organización un nuevo espacio laboral que es inaccesible para los sindicatos como los conocíamos. Un hogar/oficina/prisión. Es un hogar dado que desarrollamos nuestras vidas en el mismo y, por lo tanto, caen sobre nosotros los costos de mantenerlo. A su vez es una oficina porque desempeñamos nuestro trabajo en el mismo, a pesar de que ningún maestro mayor de obra lo pensó para tales funciones. Por último, no deja de ser una prisión dado que este esquema solapado nos priva de la construcción de vínculos positivos con otros compañeros que funcionaban como base para cualquier proyecto conjunto de resistencia y lucha, nunca estuvimos tan solos como cuando nuestro mundo, y nuestras relaciones, se limitaron a lo que estaba de nuestro lado de la puerta de entrada.


Máxime cuando, así como la histeria fue la enfermedad estrella del siglo XIX, la depresión es la enfermedad del siglo XXI. Ante la imposibilidad de estar a la altura de un ideal tan inalcanzable como inexistente que impone la fase actual del capitalismo (joven-rico-triunfador-en pareja-buen estado físico-con tiempo para hacer todo), los compañeros internizan este fracaso como culpa de su falta de “ambición y capacidad” en lugar de entender que sus supuestas falencias son fruto de  un sistema tan desigual como injusto, donde el trabajo se convierte en un bien escaso. En muchos casos la respuesta, al existir el espacio hogar/oficina/prisión, es continuar trabajando más allá de los limites tradicionales en aras de un éxito que no es alcanzable. Se pusieron en nuestras manos los elementos culturales y técnicos para asegurar nuestra auto explotación.

Las pesadillas burguesas parecen más cercanas que los paraísos obreros.

No podemos dejar de tener en cuenta que las organizaciones sindicales tienen un problema para responder ante esta realidad, dado que cada trabajador llega a una apreciación diferente del home office, que depende de sus particularidades y de su relación con el trabajo.

En muchos hogares este nuevo esquema laboral puso más presión a una situación ya crítica por las medidas de aislamiento adoptadas fruto de la pandemia de Covid-19. Gastos urgentes para adquirir equipos informáticos, disputas familiares por el acceso a las computadoras y reestructuras de las viviendas para convertirlas en sucursales de una oficina (o varias, junto a aulas escolares), sin olvidar como se comienza a superponer la jornada laboral con las tareas de cuidado y limpieza del hogar.

De repente muchos trabajadores se encontraron con accesos irrestrictos a su trabajo, encerrados en su domicilio con una distancia de pasos entre la PC y la cama. No voy a hablar de la tensión sobre la salud mental que esto genera dado que se encuentre más allá del área de mis conocimientos, pero sí de la falta de organización para dar una respuesta conjunta antes reclamos de jefes que ahora pueden reclamar una atención y un desarrollo de tareas que antes era impensado, destruyendo cualquier idea de jornada laboral.

En contraposición, y así crece una  tensión  dentro de la misma clase trabajadora,  muchos laburantes vieron  una mejora a corto plazo de su situación laboral mediante  la instauración del “home office”, la cual brilla  con mayor intensidad al compararla con los últimos años  que no estuvieron, exactamente, cargados de grandes triunfos sindicales. Esto es especialmente cierto en una franja de trabajadores jóvenes, sin hijos, y con cierto know-how que les permite tener un grado de autonomía respecto a cómo llevan adelante su jornada laboral (y, por qué no decirlo, que están empapados del discurso de auto explotación y desregulación camuflado como  “emprendedurismo”).


La vida de estos trabajadores se enriqueció con horas extra de descanso o placer al desaparecer los viajes infrahumanos desde el conurbano a la city; su cotidianeidad se vio relajada dado que muchos empleadores prefirieron encarar el trabajo por resultados dejando a su arbitrio como organizaban su jornada laboral, los costos altísimos de comprar comidas de dudosa calidad en la oficina cambió por la posibilidad de contar con una comida casera en el acto y las condiciones edilicias donde realizan su tarea se vio considerablemente mejorada, en particular en el sector público donde las viviendas son considerablemente más seguras e higiénicas que la mayoría de las Dependencias. De esta forma una postura ludista puede darnos la razón, pero también nos da una soledad que debe evitar cualquier movimiento obrero organizado.

Como siempre, la organización del trabajo es un espacio en disputa y la forma más fácil de dejar que gane el enemigo de clase es evitar participar en la disputa en un primer lugar. Nuestra representación apareja la dificultad de representar una serie de realidades heterogéneas que se ven afectadas de forma diferente por el home office; no es lo mismo cómo esa realidad afecta a una cabeza de familia con deberes de cuidado que a un joven soltero o a una persona de mayor edad que carece de los elementos simbólicos para adaptarse a la nueva modalidad de trabajo.
Nuestro deber es encontrar los puntos en común entre todos estos intereses para impulsar que las modificaciones en la organización del trabajo se impliquen siempre en beneficio de los trabajadores. En este orden de ideas, nuestro principal objetivo siempre debe ser asegurar la supervivencia de las organizaciones sindicales, como derecho que sirve para garantizar derechos, para lo cual es necesario garantizar que el esquema laboral permita relaciones horizontales de unidad entre iguales.


Tenemos todo por ganar: jornadas de trabajo más cortas y flexibles; programas de descentralización urbanos, que nos permiten ganar soberanía al poblar todos los puntos del país a la par que bajamos los costos inmobiliarios que son un yugo sobre los trabajadores, y mayor control de los trabajadores sobre la totalidad de la empresa son solo algunas de las ideas que se nos vienen a la cabeza sin necesidad de reflexionar mucho.


Del otro lado ya sabemos que se encuentra: destrucción de las organizaciones sindicales (una añoranza de la burguesía tan vieja como la existencia de sindicatos), transferencia de costos sobre los trabajadores,  instauración de sistemas de auto explotación que lleven a jornadas laborales eternas “voluntarias” (y no remuneradas), espionaje corporativo a los empleados y la posibilidad de liquidar los inmuebles de las viejas oficinas para engrasar la bicicleta de la timba financiera.
Si pecamos de puristas, podemos perder  una capa joven de trabajadores que, ante algunas ventajas inmediatas en su cotidianeidad,  podrían ser engañados para entregar  victorias históricas del movimiento obrero en un falso intercambio a la altura del deseo de la burguesía.
El futuro, como siempre, es nuestro.

Revista comunista de análisis y debate